Cuando los hijos se convierten en padres de sus padres
Hay una idea muy instalada de que cuando los padres envejecen y los hijos ya son adultos, estos “naturalmente” pasan a ser sus cuidadores. Y hasta ahí, nada que objetar. Acompañar, asistir, estar disponibles, sostener en lo práctico y en lo afectivo forma parte del lazo humano. El problema aparece cuando ese cuidado se confunde con otra cosa. Muchas veces escucho —y veo— a hijos adultos decir: “Siento que soy el padre/madre de mis padres” . Y cada vez me resuena más que esa sensación no tiene tanto que ver con lo que hacen, sino con desde dónde lo hacen . Porque una cosa es atender, dar compañía, apoyar. Y otra muy distinta es maternar . Cuando el hijo cruza esa frontera emocional, suele aparecer una posición sutil —y poco nombrada— de superioridad. No siempre consciente, no siempre malintencionada, pero presente. El hijo empieza a sentirse autorizado a corregir, a regañar, a decidir “por el bien del otro”, a tratar como niño a quien no lo es. Ahí ya no hablamos...








