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Viernes santo

 Viernes Santo, más allá de cualquier creencia, toca un punto que casi nadie quiere habitar: el momento en el que algo se cae y no hay nada que hacer al respecto.  No hay intervención posible. No hay estrategia. No hay forma de acomodarlo para que duela menos. Y eso incomoda más que la pérdida en sí. Porque estamos entrenados para reaccionar. Para entender rápido, para darle sentido, para convertir cualquier ruptura en aprendizaje. Como si eso nos devolviera el control. Pero este día no tiene esa lógica. Aquí no hay mensaje claro. No hay recompensa inmediata. No hay alivio. Hay ausencia. Hay un antes que ya no existe y un después que todavía no llega. Y en medio, un espacio que no se puede llenar. Eso es lo que cuesta. No la pérdida concreta, sino el vacío que deja y la imposibilidad de hacer algo con eso en el momento. Viernes Santo es ese punto exacto donde la vida no responde. Donde lo que sostenía tu estructura desaparece y te deja viendo algo que preferirías no mirar...

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