Perder el tiempo

Una de las cosas que no me gustan en la vida es perder el tiempo. Organizar algo y que, por H o por B, no se pueda realizar, quedando varada en el medio de la incertidumbre y el reproche entre lo que podría haber hecho y lo que debería hacer dentro de un rato. No llega al extremo de ponerme en modo Hulk, pero es una sensación de pérdida innecesaria que me lleva a cuestionarme situaciones y elecciones, como si cada desvío fuera una pequeña traición al plan original… hasta que di en el clavo.

¿De verdad me molesta perder el tiempo? ¿O será que una nebulosa invisible se corre de golpe cuando despierto a años luz de mí misma y tomo conciencia de que no puedo perder nada porque, de algún modo, ya todo está perdido? ¿Cómo se pierde algo que nunca terminó de pertenecernos? El tiempo no es mío, no lo fue nunca, apenas me atraviesa. Yo no lo gasto: él me gasta a mí.

Ahora festejamos un nuevo año, cuando en realidad deberíamos festejar el año viejo, porque ese sí lo vivimos. El nuevo es una ilusión recién estrenada, una casa sin muebles, un álbum con las páginas en blanco. Ojalá se complete, claro, pero ¿cuántos van a dejar el álbum del 2026 a medio llenar? Me aterra ver la finitud tan presente, no porque crea que sea evidente o inminente, sino porque me obliga a replantearme muchas cosas. Y ese replanteo, incómodo y persistente, cambia la manera en que me comunico con el mundo y conmigo.

El tiempo ya está perdido. No como derrota, sino como condición. Por eso, cuando organizo cualquier actividad, busco que encaje en ese casillero exacto, como si pudiera domesticar el caos, para que me sobren minutos y poder saltar al otro. Es una coreografía absurda, lo sé: un intento de control de lo incontrolable, un disfrute consciente de lo efímero, un es ahora o nunca dicho sin dramatismo pero con verdad. Porque de verdad, después suele ser nunca. Es AHORA o ya valió madres.

Y en ese ahora me planto. No como quien conquista, sino como quien se sienta en el borde de la silla sabiendo que el telón puede caer en cualquier momento. No corro detrás del tiempo; lo miro de reojo, como a un animal salvaje que ya me mordió una vez. Aprendí a no darle la espalda. Perder el tiempo no es dejar pasar minutos: es dejar pasar presencia. Es estar y no estar. Es haber armado el mapa y descubrir que el territorio decidió otra cosa.

Quizás por eso me irrita tanto el “después vemos”, el “si se da”, el “más adelante”. Frases que suenan a promesa pero huelen a fuga. El tiempo no se pierde: se diluye, se escurre, se nos ríe en la cara mientras creemos que lo administramos. Y aun así insistimos. Armamos agendas, planes, horarios, pequeñas barricadas contra el vacío. No para ganar, sino para no sentirnos tan a la intemperie.

Hay días en los que entiendo que no es el tiempo lo que me duele, sino la conciencia. Ese fogonazo incómodo que dice: esto es todo. No hay ensayo general, no hay capítulo descartado. Cada cosa que no fue deja una sombra de lo que pudo ser, y yo camino entre esas sombras intentando no tropezar. A veces lo logro, otras no. Pero sigo.

Entonces celebro lo mínimo. Un encuentro que sí sucede. Una charla que no se posterga. Un silencio compartido que no pide nada más. Celebro llegar a tiempo, aunque no sepa bien a dónde. Porque si todo está perdido desde antes, entonces lo único verdaderamente imperdonable sería no estar. No poner el cuerpo. No elegir.

Así vivo: con un pie en la urgencia y otro en la aceptación. Jugando un juego que sé perdido, pero jugándolo igual. Porque en ese intento —torpe, lúcido, humano— aparece algo parecido al sentido. No dura, no se guarda, no se repite. Pero pasa.

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