Vale la pena?

Últimamente me sorprendo haciéndome siempre la misma pregunta, casi como un eco que no se cansa de volver: para qué? Y no hablo del para qué inmediato, ese que se responde con acciones y resultados. 
Hablo de ese para qué hondo, existencial, que llega sin aviso y desarma lo que creíamos seguro. Ese para qué que aparece justo cuando me nace el impulso de crear: pintar, decorar un libro, escribir una página sin destino. Entonces una voz de fondo —esa que no perdona— se atreve a murmurar: “¿para qué, si todo se termina?, ¿para qué, si un día nada de esto, ni siquiera nosotros, estará?”

Y es extraño, porque mientras esa duda me atraviesa, empiezan a aparecer sincronicidades, como si el universo decidiera jugar conmigo. Personas que llegan con las mismas preguntas, consultantes que repiten mis inquietudes con otras palabras.
Me miran y me dicen: “¿Vale la pena?” Y esa frase me retumba por dentro. ¿Cuál pena? ¿La pena de estar lejos de lo conocido? ¿De los afectos? ¿De lo cotidiano que un día nos sostuvo? ¿La pena de haber elegido lo que parecía lo mejor, pero que ahora, desde la distancia, nos deja viendo cómo se disuelve lo que algún día fuimos?

A veces pienso que sí, que el precio de ver desde lejos la vida que ya no vivimos es demasiado alto. Que hay una soledad que raspa, una nostalgia que se instala como huésped permanente. Que duele haber elegido caminos que nos salvaron y, al mismo tiempo, nos arrancaron algo. Y en esos momentos me pregunto si de verdad vale el sacrificio de estar vivos, sabiendo que al final todo termina de la misma manera.

Pero otras veces —menos ruidosas, más íntimas— siento otra cosa. Siento que tal vez el sentido no está en lo que perdura, sino en lo que se enciende.
Que el acto de crear, por mínimo que sea, es una forma de responderle a la vida con un gesto rebelde: “aún estoy aquí”. Que pintar es recordar que tengo manos; escribir es recordar que tengo voz. Que decorar un libro viejo es honrar algo en mí que no quiere apagarse.

Quizá el para qué no sea un destino, sino un movimiento. Una manera de seguir respirando mientras acomodamos nuestras heridas. Y tal vez crear, aunque todo se pierda, sea el único modo de no perdernos nosotros.

Porque al final, escribir lo que nos ha pasado es un revisionismo de nuestras emociones, un acto de volver a mirarnos con otros ojos. Y, sin querer, también es un pequeño legado: algo que un día encontrará alguien curioso, que se siente a leer y, por un instante, descubra que en sus preguntas más profundas nunca estuvo completamente solo.


Comentarios

Entradas populares