¿Qué me faltó para que el otro me elija, me quiera, se quede? Es, quizá, la pregunta interior más dolorosa que podemos permitirnos. Duele porque parece íntima, honesta, casi humilde. Pero también duele porque suele esconder una trampa: la fantasía de que la vida pasa solo por nosotros y que los demás no eligen. Seguimos cayendo ahí una y otra vez. Como si el amor fuera una ecuación perfecta y, si algo salió mal, entonces hubo un error de cálculo. Algo me faltó. Algo no hice. Algo no fui.
“Qué me faltó” representa la posibilidad de una vía de escape. Nos ofrece una promesa silenciosa: si descubro qué fue, en la próxima oportunidad no voy a perder eso que tanto anhelo, eso que tanto amo. Es una pregunta que no mira tanto al pasado como al futuro. Quiere asegurarse que no vuelva a doler.En el fondo, lo que estamos diciendo es: si soy suficiente, siempre me van a elegir.
Y ahí empieza el problema.Porque nuestra suficiencia no tiene nada que ver con la elección de los otros. Nada. La suficiencia —o la sensación de insuficiencia— marca una pauta interior. Es un diálogo privado, una narrativa que construimos con nuestras heridas, nuestra historia, nuestras comparaciones. Pero esa pauta no es aplicable al mundo exterior. No gobierna el deseo del otro. No determina su capacidad de amar, ni su disponibilidad emocional, ni sus límites, ni sus miedos. Si así fuera, la historia sería distinta. Y, sin embargo, basta mirar un poco para ver que seres absolutamente desbordados, contradictorios, incluso dañinos, han sido amados. Han tenido pareja. Han sido elegidos. Y tu, que te revisás por dentro con lupa, te preguntás: ¿qué tengo yo de insuficiente? Ahí la pregunta deja de ser inocente.
A veces, “¿qué me faltó?” es un gesto de control. Un ego herido que quiere garantías. Que necesita creer que, si ajusta una pieza más de sí mismo, el resultado va a ser distinto. Que el amor es un premio al mérito personal. Que el rechazo es una evaluación objetiva. Pero el amor no funciona así. Y la elección tampoco.
El otro no nos elige porque seamos suficientes. Nos elige —o no— desde su propio mundo interno, desde su momento vital, desde su capacidad (o incapacidad) de sostener un vínculo. Desde cosas que, muchas veces, no tienen absolutamente nada que ver con nosotros.
Porque nos deja sin la ilusión de control.
Porque nos obliga a soltar la idea de que, si hacemos todo “bien”, nada se pierde.
Pero también libera.
Libera de la autoacusación constante.
Libera de la fantasía de tener que corregirnos para ser amables.
Libera de esa tarea agotadora de transformarnos en alguien “elegible”.
No se trata de negar el aprendizaje, ni de romantizar el dolor. Claro que podemos mirarnos, crecer, hacernos cargo de lo que sí es nuestro. Pero eso es muy distinto a convertirnos en el único motivo de lo que no fue.
Tal vez la pregunta no sea qué me faltó, sino qué no estaba disponible.
Tal vez no fue una carencia, sino un desencuentro.
Tal vez no fue insuficiencia, sino límite.
Y quizás —solo quizás— la verdadera madurez emocional empiece cuando dejamos de preguntarnos qué tenemos mal y empezamos a preguntarnos qué necesitamos para no desaparecer intentando ser elegidos.
Porque no todo amor que se va nos define.
Y no toda elección que no llega habla de nosotros.
A veces, simplemente, el otro elige otra cosa.
Y eso, aunque duela, no nos quita nada.
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