Cuando los hijos se convierten en padres de sus padres
El problema aparece cuando ese cuidado se confunde con otra cosa.
Muchas veces escucho —y veo— a hijos adultos decir: “Siento que soy el padre/madre de mis padres”. Y cada vez me resuena más que esa sensación no tiene tanto que ver con lo que hacen, sino con desde dónde lo hacen.
Cuando el hijo cruza esa frontera emocional, suele aparecer una posición sutil —y poco nombrada— de superioridad. No siempre consciente, no siempre malintencionada, pero presente. El hijo empieza a sentirse autorizado a corregir, a regañar, a decidir “por el bien del otro”, a tratar como niño a quien no lo es.
Ahí ya no hablamos de ayuda. Hablamos de una inversión emocional del vínculo.
No es lo práctico lo que convierte al hijo en “padre del padre”. Es el tono. Es el lugar interno. Es creer que se sabe mejor. Es confundir cuidado con control. Es no tolerar la fragilidad del otro sin dominarla.
Y sí, creo que hay algo de arrogancia en eso. Una arrogancia difícil de aceptar porque viene envuelta en buenas intenciones, sacrificio y amor. Pero arrogancia al fin: ponerse por encima del otro, incluso cuando ese otro es tu padre o tu madre.
Acompañar a padres adultos implica algo incómodo: aceptar que siguen siendo adultos. Que pueden decidir mal. Que pueden no escucharte. Que no te necesitan como guía moral, sino como presencia.
Tal vez el verdadero desafío no sea “hacerse cargo”, sino soltar la necesidad de dirigir. Cuidar sin mandar. Estar sin ocupar el centro. Ayudar sin convertirse en autoridad.
Porque cuando un hijo se vuelve emocionalmente padre de sus padres, no solo se desordena el vínculo: también se pierde algo del respeto mutuo. Y ahí, aunque nadie lo diga, todos pierden un poco.


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