Suerte vs Esfuerzo
¿Te has dado cuenta de dónde nos coloca eso? En el ranking de las creencias, el sacrificio ocupa el puesto número uno. Pensamos que, si hay sufrimiento, entonces tiene más validez lo que alcanzamos. Y no somos conscientes de la trampa en la que caemos, porque, siendo el universo el espejo que refleja lo que creemos en silencio acerca de nosotros mismos, constantemente habremos de enfrentarnos a situaciones, relaciones y experiencias que nos conecten con el sufrimiento para darle legitimidad a los resultados. En cambio, si pudiéramos aceptar la suerte, con independencia de nuestro trabajo personal, la vida fluiría aceitada, sin dolor.
La mayoría de nuestros ancestros ha vivido guerras, revoluciones y depresiones económicas, y ha salido adelante con fuerza, resiliencia y esmero. El factor suerte no parece haber coincidido con ellos; saberse victoriosos de su destino sin un ayudín los glorifica mucho más, y eso hemos aprendido nosotros: a lograr las cosas por nosotros mismos. Pero también hemos prosperado la noción de que la victoria o el éxito conllevan renuncias y, en la práctica, tal vez sea así. Yo hablo desde lo emocional, como dice aquel refrán: "Al que quiere celeste, que le cueste".
Ahora imagina tu vida si pudieras empezar a abrazar el factor suerte como un determinante de tu sostén, como un mimo o un guiño del universo. Cada vez que te recordaran que tienes suerte, sonreirías, porque te sentirías especial y amado por la vida. El ego, como actor principal de tu existencia, dejaría de pelear por su papel en la obra de tu vida. Y, lejos de sentirte desolado, podrías entrar en contacto con la esencia creativa de todas las cosas, y la brecha entre lo superior y lo inferior empezaría a disminuir. Poco a poco, iríamos entendiendo que nunca fuimos expulsados del Edén. Tal vez lo único que perdimos fue la capacidad de reconocernos dentro de él. Dejamos de vivir como exiliados, convencidos de que debíamos ganarnos un lugar que, en realidad, nunca dejamos de habitar.Quizá volver al Edén no implique recorrer ningún camino, sino abandonar la idea de que estamos separados de aquello que nos sostiene. Cuando esa ilusión cae, también cae la necesidad de justificar cada bendición. Dejamos de contabilizar cuánto sufrimos para sentir que merecemos recibir. Comprendemos que el esfuerzo puede ser noble, pero no es la moneda con la que la vida reparte sus regalos. Entonces la suerte deja de ser una amenaza para el ego y se convierte en una forma más en la que la existencia nos recuerda que siempre ha conspirado a nuestro favor.
Yo amo la suerte. Me gusta que la nombren cuando hablan de mí, porque no siento que le robe un solo mérito a mi historia. Sé todo lo que he caminado, pero también sé reconocer los regalos que la vida ha puesto en mi camino y por eso me siento afortunada.


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