Querer cambiar… pero sin perder lo conocido


Hay una trampa elegante en el discurso del cambio. Queremos movernos, crecer, elegir distinto… pero sin alterar demasiado lo que ya conocemos. Como si fuera posible rediseñar la vida sin tocar la estructura que la sostiene. Como cambiar los muebles de lugar en una casa que ya no quieres habitar. Se siente activo. Se ve como avance.Pero no cambia nada importante. Son las mismas paredes. Porque lo conocido no es solo lo externo. Es una forma de ser. Una manera de reaccionar, de vincularte, de pensar, de sentir y  de posicionarte frente a lo que pasa. Y eso no se suelta con intención, se suelta con pérdida. Con esa desgraciada sensación de vacío, que la misma palabra de leerla o pronunciarla, produce. 

Ahí es donde empieza el problema.Queremos el resultado del cambio, pero no el costo de dejar de ser quienes fuimos para llegar hasta aquí.Queremos más claridad, pero sin perder las dinámicas donde nos acomodábamos.Más libertad, pero sin soltar el control que nos hacía sentir seguras.Más autenticidad, pero sin atravesar la incomodidad de no encajar igual.Es un intento muy sofisticado de no movernos. 

Una especie de negociación interna donde todo parece evolucionar… pero nada realmente se transforma.Y no es falta de voluntad. Es miedo bien vestido. De gala. Elegante. Porque lo conocido, incluso cuando limita, tiene algo que lo nuevo no tiene: certeza.

Sabes cómo funciona. Sabes cómo termina. Sabes quién eres ahí. En cambio, lo nuevo no ofrece garantías. Solo exige que te pares distinto sin saber muy bien qué va a pasar después. Por eso el autoengaño es tan limpio.

Te dices que estás en proceso, que estás trabajando en ti, que estás “cambiando”. Y en algún nivel es cierto. Pero también es cierto que hay una parte tuya que está haciendo todo lo posible por no perder lo que ya domina.Cambiar de verdad no es incorporar cosas nuevas.Es dejar de hacer cosas que te sostenían.Y eso no se siente como expansión al principio. 

Se siente como desarme.

Como perder referencias. Como no reconocerte del todo. Como quedarte sin la versión tuya que sabía moverse ahí. No es cómodo. No es rápido. Pero es real. Porque llega un punto donde lo conocido ya no se siente seguro. Se siente chico.

Y ahí, seguir igual también empieza a doler. Entonces la pregunta deja de ser si quieres cambiar. La pregunta es qué estás dispuesta a perder para hacerlo.

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